sábado, 8 de marzo de 1997

CONCIERTOS SIN CONTROL

La noche comenzó con malos signos.

19h00: cerca de 8 mil personas en las puertas del Coliseo Rumiñahui pugnan por entrar al espectáculo de Ricardo Arjona.

En una de las puertas laterales del Acceso 1 se hace presente un pelotón de la Policía con evidente retraso.

El jefe de puertas del Rumiñahui, Carlos Iván Román, reclama por el atraso del cuerpo policial que había sido contratado para supuestamente garantizar la seguridad de este evento masivo. Hay un cruce de palabras y un violento forcejeo cuando el responsable de este pelotón policial intenta ingresar con varios civiles, hombres y mujeres, mientras Román le conmina a que los civiles

ingresen haciendo cola como todo el mundo.

Al grito de "¡No me joda. No voy a esperar que entren los civiles! (nótese la prepotencia, contra el resto de mortales), este policía -no se pudo saber si oficial o suboficial pues su nombre estaba camuflado bajo un chaleco negro- ingresa con sus amigas y amigos a viva fuerza.

En el forcejeo cae un teléfono celular. Román piensa que es el suyo, el policía sin ninguna explicación trata de arrebatarle el aparato. Al final se detiene violentamente al funcionario de puertas.

Los incidentes apenas habían empezado.

7h40: 8.000 personas se hallaban ya al interior del Coliseo, el 80 por ciento en "general". De pronto, no se sabe como, la multitud se percata de que la presencia policial es casi inexistente y en pocos segundos invade las localidades bajas del Coliseo incluida la de "sillas", hecho que nunca antes había sucedido. El espectáculo se había convertido en un desastre en pocos segundos.

Caben algunas consideraciones al respecto. Según el empresario, Pancho García, se contrató una fuerza de seguridad policial de 400 elementos. Al Coliseo no llegaron más de 20 policías, y al parecer, más dispuestos a disfrutar del concierto con sus amigas y amigos (según se desprende del incidente anterior) que a cuidar de la seguridad del espectáculo.

Vale la pena, además, insistir, en que los empresarios contrataron la seguridad pagando una importante cantidad de dinero. La Policía no cumplió con seriedad su compromiso.

Esto es inadmisible pues se pudo haber producido una importante tragedia al menor brote de violencia o a la más pequeña dificultad con el recital de Arjona.

La segunda reflexión es sobre la falta de respeto que demostró una parte del público contra la otra parte. Sencillamente, la gente que había pagado las localidades más caras, asegurandose un sitio fijo y con un mínimo de comodidad, tuvo que ver el concierto de pie o en una incomodidad terrible.

Seguramente, gran parte de la gente que invadió las sillas fue la misma que el 5 de febrero se reveló en las calles contra el atropello a sus derechos. Sin embargo, el viernes en la noche no tuvieron el más mínimo reparo en atropellar los derechos de los otros.

Pero todos estos incidentes son parte de un todo. De ese todo que hace que quien ejerza un poder (pequeño o grande, económico, político, legal o administrativo), no entienda que éste es esencialmente un ejercicio de responsabilidad y no de prepotencia y/o ridículo exhibicionismo.

Es lo mismo que pasa en los alrededores del Palacio de Gobierno, cuando autos oficiales o de amigos del poder se toman las aceras de todo el sector, mientras el ciudadano tiene que caminar por medio de las calles. O cuando en apurada salida se escapan de atropellar a quien se ponga en el camino.

A medianoche de ese viernes, cuando de vuelta a casa nos detenemos en un semáforo, repentinamente nos rodean sirenas, autos de vidrios negros y motos policiales, en tanto corre veloz una limosina gris que no respeta ningún semáforo. Se sabe que las leyes y normas no alcanzan a quienes ejercen un poder.

Cuestiones de seguridad dirán los altos jerarcas, patético exhibicionismo pensamos todos los demás.

Pedro Fernández, nuevos incidentes Si no es por el profesionalimo de un artista que prefirió cuidar su imagen y complacer a su público,

el otro concierto que se realizó en Quito la noche del viernes, el del cantante mexicano Pedro Fernández hubiera terminado en una verdadera tragedia.

El asunto fue que el empresario, Sergio Sarmiento, no cumplió en lo más mínimo los términos pactados con el artista, por lo cual Fernández no veía posible ofrecer su concierto.

El asunto fue tan crítico que apenas a las 19h00 de ese viernes llegó el mariachi que acompaña a Fernández, mientras se trataba de solucionar una orden de arraigo contra el cantante porque el empresario desapareció sin tan siquiera pagar los respectivos impuestos.

Eran las 22h00 y la gente estaba a punto de botar la Plaza de Toros exigiendo la presencia del artista.

Fernández llegó a las 22h20 y dió un concierto de hora y media.

Una vez más la falta de seriedad de empresarios de espectáculos improvisados casi termina en incidentes mayores, aunque sin duda después de esto pocos artistas mexicanos van a querer venir al Ecuador. (DIARIO HOY) (P. 9-B)

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Fuente: ECUADOR, Diario de Hoy

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